MI PAPÁ FUE A LA GUERRA

 Sí, lo hizo. No por voluntad propia, era demasiado jovencito. Imposible olvidar las entrañables horas de sobremesa contando sus historias, enseñando sus fotografías. Anécdotas y más anécdotas. 






Sí, a nosotros, sus tres hijos y su mujer, mi madre bella que siempre está conmigo a pesar de su ausencia física. Él también está. Estoy cierta que el Cielo existe porque nuestra relación ahora es perfecta, sin cuestiones mundanas. Claro, además de las promesas de Jesucristo, a quien él amaba mucho también. Éramos su mundo. Y ahora que a ninguno de ellos los tengo aquí, permanecen. Tres en el Cielo, uno que viaja en su propio mundo. Pero no puedo estar sola porque los momentos que son mi, nuestra, mi historia, llenan mi ser. Imposible olvidar la carita de mi hermano José, cabeceaba por tan largas pláticas . Cómo me da ternura ese recuerdo. Yo también me cansaba mucho, pero mucho más disfrutaba esas narraciones llenas de realidad y de magia. Me imaginaba cada momento que mi papá describía, cada detalle: sentía todo. Hizo feliz mi vida en aquellos años, pesan en mí ahora, justo ahora, mucho más esos recuerdos, esas vivencias, que todo lo malo que pudiera haber ocurrido. 


Siempre me gustó escuchar las historias de los mayores, siempre. Y nunca se los dije, no sé por qué... Quizá no era tan parlanchina como ahora. Siempre me gustó pensar y viajar en la mente el camino de la vida, el análisis de mi papá Enrique acerca de la fugacidad de la vida, de su cortedad. De cómo "polvo somos y en polvo nos convertiremos". Lo repetía en todas las oportunidades, cualquiera que fuese el tema que tratara. Y yo me daba cuenta de que pensaba igual que él, igualito. Y atesoraba esos momentos de despertar a la vida sabiendo que ella correría veloz: es algo que de cualquier manera, yo intuía. Y aquí estoy, ahora convertida en un adulto mayor y corroborando con mi propio existir que todo aquello fue, que todo eso es lo que es. Privilegio grande es ahora poder contar con eso, soy mis recuerdos. Mi papá también era sus recuerdos, pero también nosotros éramos su vida. Aún me encuentro notas que escribía en su máquina Olivetti (a veces de puño y letra) cuando quería guardar un pensamiento, un sentimiento, algo que hiciera brincotear a su alma. 


Su espíritu aventurero lo hizo vivir aquello quizá sin plena conciencia del peligro, de lo absurda que es cualquier guerra. Y así después de estar en Marruecos y en muchas partes más, cuando orgulloso nos enseñaba el álbum de fotografías que ahora están amarillentas pero que sobreviven a todo, conoció a mi mami por correspondencia, cruzó el Océano para conocerla y... Pues aquí estoy.


La guerra no es linda, no. En lo más mínimo. Lindo es haber formado parte de todo aquello que fue su vida y que conformó los inicios de las nuestras, de mis hermanos y mía y los primeros años de su matrimonio con mamá. La guerra de la que él nos hablaba tanto y de la que con los años comprendió mucho más que en su juventud, forjó el mal carácter que tenía con su sensibilidad, entonces escondida y que salía a flote en esas y en otras ocasiones.



Así vivió, a su manera, como ahora es que vivo a la mía.


Gracias, vida. 


 

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